Es curioso cómo creemos saber tanto sobre las cosas que nunca hemos visto. Los unicornios, por ejemplo. Los imaginamos brillantes, resplandecientes, con crines que reflejan todos los colores del arcoíris y cuernos que destellan como estrellas fugaces. Pero nunca pensamos en cómo olerían.
Lo supe el día en que conocí a los unicornios por primera vez. Estaban ahí, en un rincón del mundo donde el tiempo no corría como debería, y el aire era más suave, más denso. Me observaban con ojos que parecían saberlo todo, y antes de que pudiera siquiera hablar, me envolvió su aroma.
No hay un solo olor que defina a un unicornio. Sería demasiado sencillo, demasiado humano. Algunos huelen a cosas dulces, como el interior de una pastelería a primera hora de la mañana, donde los caramelos aún se hacen a mano y las galletas siempre están calientes. Otros huelen a limón, fresco y limpio, como el instante exacto en que un cuchillo corta la piel de un cítrico, liberando toda su esencia al aire.
Y luego están los otros. Los que huelen a tierra mojada, como si llevaran con ellos el aroma de las primeras lluvias sobre un bosque olvidado. Ese olor que te recuerda algo que nunca viviste pero que, de algún modo, echas de menos.
Pero lo más extraño de todo son los unicornios que huelen a talco. Ese olor suave, que no pertenece a este mundo, que te arropa y te recuerda algo cálido y seguro, aunque no puedas nombrarlo.
Los unicornios no huelen igual porque no son iguales. Cada uno lleva consigo un fragmento del lugar del que vino, un rastro de lo que son. Su perfume no solo está ahí para ser olido; está ahí para contarte una historia, aunque no siempre puedas entenderla.
Un niño me preguntó una vez: “¿Y cómo huele un unicornio de verdad?” Le sonreí. No le respondí, porque la verdad es más complicada de lo que esperaba. Un unicornio huele a lo que necesitas que huela. Podría ser un día soleado, un bosque secreto o incluso el recuerdo de algo que creías perdido.
Si alguna vez te cruzas con un unicornio, cierra los ojos. No tengas prisa. Respira profundamente y deja que su olor te lleve a algún lugar. Quizá te transporte a una tarde soleada con una limonada en la mano, o a una noche tranquila donde el olor a talco te hace sentir arropado.
Los unicornios no son solo magia por fuera. Lo son también por dentro. Y su aroma es una de las cosas más especiales que los acompañan.
Ahora dime: si pudieras oler a un unicornio, ¿a qué te gustaría que oliera?