Hay una lección que los unicornios me han enseñado y que, honestamente, no siempre entendí al principio: la lluvia es buena.
Sí, ya sé, ¿cómo podría serlo? Es fría, te empapa cuando menos te lo esperas, y, a veces, parece que arruina los planes que tenías. Pero para los unicornios, la lluvia no es un inconveniente. Es una celebración.
Ellos no corren a esconderse cuando las primeras gotas empiezan a caer. Al contrario, saltan entre los charcos, se sacuden la crin y se retan a ver quién atrapa más gotas con la lengua. Es como si supieran algo que nosotros, con nuestras prisas y paraguas, hemos olvidado: la lluvia es necesaria.
“¿Qué sería de un campo de flores sin una buena tormenta de vez en cuando?”, me dijo una vez Estrella, una unicornio muy sabia que siempre llevaba un mechón de crin cubierto de rocío.
Y tenía razón. Piensa en las flores, en los árboles, en cualquier cosa que crezca. Sin agua, todo se marchita. Y no solo la naturaleza necesita lluvia; nuestras vidas también. Esos días grises, esas tormentas que parecen detenerlo todo, también son parte del ciclo.
Los unicornios me explicaron algo maravilloso: cuando llueve, la tierra descansa. Es como si el suelo se preparara para el cambio, suavizando el terreno para que las semillas puedan germinar. No es un proceso inmediato ni visible. A veces parece que no pasa nada, pero debajo de la superficie, todo se está transformando.
La lluvia, me dijeron, también limpia. Lava lo que ya no necesitamos, despeja el aire y nos da una pausa para respirar. ¿Y sabes qué? Me di cuenta de que tenían razón.
A veces, nuestras vidas necesitan tormentas. Momentos en los que parece que todo se pone en pausa. No es fácil. Nos gusta el sol, los días claros, cuando todo parece en su sitio. Pero la lluvia nos enseña a soltar, a dejar que las gotas limpien nuestras preocupaciones y a confiar en que algo bueno está creciendo, aunque aún no podamos verlo.
Una vez, durante una de esas tormentas, vi a un grupo de unicornios reunidos bajo el arcoíris que aparece después de llover. Parecía que hablaban en susurros, como si compartieran secretos. Me acerqué y uno de ellos, un pequeño con crin dorada, me miró y dijo: “No se puede tener un arcoíris sin un poco de lluvia.”
Esa frase se quedó conmigo. Porque es verdad, ¿no crees? Los colores más hermosos de la vida no llegan sin esfuerzo, sin aprendizaje, sin momentos que nos hagan parar y reflexionar.
Así que la próxima vez que la vida te sorprenda con una tormenta, haz lo que harían los unicornios. Sal, siente cada gota, salta en un charco si te apetece. Y recuerda que, aunque ahora todo parezca gris, lo que viene después siempre vale la pena.
Los unicornios nunca temen la lluvia porque saben que, gracias a ella, las flores más bonitas están por nacer.