No sé si fue la foto lo que me atrajo, o la promesa de algo escondido, algo por descubrir. Era una pequeña cascada, perdida en un bosque no muy lejos de la ciudad. El tipo de lugar que parece esperar a que alguien lo encuentre. Así que un día, con un mapa poco fiable y mi malísimo sentido de la orientación, decidí salir en su búsqueda.
Pasé horas caminando. A veces me parecía que me acercaba; otras, estaba segura de que me había perdido del todo. El bosque se cerraba a mi alrededor, y todo lo que podía escuchar era el crujir de las ramas bajo mis pies y el susurro del viento en las hojas. Fue entonces cuando sucedió algo que no esperaba.
El camino desapareció. En su lugar, había un arco de madera con una inscripción casi borrada y, a un lado, una pegatina que decía “Bienvenidos”. Más allá, se extendía un pequeño pueblo, tan perfecto, que parecía sacado de un sueño. Las casas eran diminutas, pintadas con colores suaves que se mezclaban con el verde del bosque. En el aire flotaba un aroma dulce, aunque no podía decir de qué.
Había llegado a un lugar llamado Unilandia.
No fue el pueblo lo que me dejó sin palabras. Fue lo que encontré allí.
Entre las casas, moviéndose con una gracia inesperada, estaban ellos: unicornios. Pero no como los que había imaginado de niña, llenos de brillo y majestuosidad. No. Estos eran mucho mejores. Pequeños, blanditos, con crines que parecían hiladas de luz. Sus ojos, grandes y brillantes, te miraban como si supieran exactamente quién eras, como si estuvieran escuchando pensamientos que ni tú sabías que tenías.
Pasé el día con ellos, y, entre risas y secretos susurrados, me revelaron algo que solo los unicornios saben: cómo desterrar a los monstruos y atrapar las pesadillas. Me hablaron de su don ancestral, una habilidad que habían perfeccionado desde tiempos que los humanos ni siquiera recuerdan.
Creaban cosas extraordinarias: sprays que al rociarse llenaban el aire de un suave brillo, ungüentos que con una sola gota disipaban las sombras más persistentes, y pompas de jabón que estallaban en murmullos de risas cuando tocaban el suelo. Cada uno de estos objetos parecía contener un pequeño fragmento de su luz, una chispa de algo inmensamente puro y poderoso.
Les hablé de mi mundo, de mis calles grises y ruidosas, y del pastel de zanahoria que preparo los domingos. Se rieron, me escucharon, y yo sentí como si todo el cansancio del camino hubiera desaparecido.
Cuando el sol comenzó a bajar, tiñendo el cielo de oro y carmesí, nos despedimos. Prometimos volver a encontrarnos. Sus abrazos eran cálidos y suaves, como si envolvieran todo lo bueno que existe en el mundo. Mientras se alejaban, pude jurar que el aire se llenó de pequeñas estrellas fugaces.
Volví a casa esa noche con una sonrisa y el corazón ligero. Pero lo que no esperaba era que, al día siguiente, alguien llamara a mi puerta.
Eran ellos. Los unicornios. Con sus crines desordenadas por el viento y ojos llenos de curiosidad. “Queríamos ver tu mundo”, dijeron.
Desde entonces, hemos sido inseparables. Les enseñé mi casa, mi barrio y el pastel de zanahoria, que ahora exigen cada vez que me visitan. Ellos, a cambio, me mostraron cómo transformar un simple taller en un lugar donde la magia se materializa en sprays que ahuyentan pesadillas, otros que alejan a los monstruos, y pequeñas creaciones que parecen contener la esencia de los sueños más dulces.
Por las tardes, trabajamos juntos. Yo mezclo los ingredientes, ellos añaden su magia, y al final, siempre hay risas y un trozo de pastel. No sé cuánto tiempo se quedarán, pero sé que, mientras estén aquí, todo será un poquito más especial.